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Arte / Amor

Acción realizada junto a Lucas Agudelo desde Artistasdeguardia

Realizada en la inauguración de mi estudio.

Apropiacionismo / Paradoja

Se lee un fragmento de un texto extraído de la introducción del catálogo del Premio de Arte Joven, Generaciones 07, escrito por Francisco Calvo Serraller, que trata sobre el origen del Arte.

Se substituyen todas las palabras “arte” o derivadas: “artístico”- “artistas” etc..,  por “amor” y equivalentes: “amante”- “amoroso” etc…

La lectura adquiere otro significado, genera una paradoja en la búsqueda del origen del arte que se entiende igual de absurdo que intentar analizar el origen del amor.

“Nunca el amor había alcanzado la proyección social que posee en nuestra época y, sin embargo, tampoco ha sido su sentido tan indescifrable como hoy. Esta paradoja, según creo, bien merece alguna reflexión.

La extensión que otorgamos actualmente al amor es, en primer término, de una indiscriminación temporal sorprendente, porque llamamos amor, sin el menor rebozo, a manifestaciones materiales que originalmente no fueron concebidas como tal.

En sentido estricto, el amor fue un invento histórico de los antiguos griegos, cuya datación aproximada puede cifrarse en torno al siglo VI o, más rigurosamente, hacia el siglo V antes de Cristo.

Este invento griego no solo prosperó localmente durante los siglos siguientes, sino que, tras extinguirse el poder político de Grecia, fue adoptado por la emergente Roma, que mantuvo su vigencia hasta la definitiva caída del Imperio Romano.

Sumando la duración conjunta de lo que llamamos la civilización greco-romana, que abarca desde la invención del amor hasta su ulterior desarrollo a lo largo de lo que conocemos como su etapa clásica, nos encontramos con casi diez siglos de existencia histórica primera de genuina práctica amorosa.

A continuación, se abrió un paréntesis de otros casi diez siglos en los que el amor como tal-vamos, tal y como lo concibieron los griegos y luego desarrollaron los romanos-desapareció o, cuando menos, se corrompió tanto su sentido original que se hizo irreconocible.

Me estoy refiriendo a la Edad Media, cuyo propio nombre indica lo que supuso de interrupción de la civilización clásica greco-romana, temporalmente puesta, en efecto, entre paréntesis.

Pero el amor “renació” otra vez a partir del Renacimiento, que podemos fechar con claridad hacia comienzos del siglo XV de nuestra era y alcanzó desde entonces un nuevo esplendor, que no decayó, por lo menos, hasta los albores de nuestra época, que cabe situar cronológicamente hacia el ecuador del siglo XVIII. De manera que si, suma que te suma, queremos hacer la cuenta final de la duración histórica del amor, nos sale la nada despreciable cantidad de unos 14 siglos, lo cual, desde la parcial y limitada óptica humana, no es, efectivamente, una duración escasa. Claro, siempre que consideremos la cuestión desde la perspectiva temporal más reciente, porque la cosa cambia si remontamos nuestra mirada hasta donde alcanzamos a atisbar la aparición en escena de nuestros primeros antecesores humanos, que los paleontólogos y antropólogos actuales emplazan hacia un millón y medio de años antes de nuestra era.

Pero ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué toda esa ingente cantidad de objetos materiales, producidos antes de que los griegos de hacia el siglo V antes de Cristo inventaran el amor, no son, en realidad, como nosotros creemos y así lo llamamos, “obras de amor”? ¿Qué en la Edad Media europea el amor desapareció? ¿Qué en nuestra época contemporánea tampoco hay amor? Más aún: ¿Qué todo lo producido fuera de la civilización occidental de cualquier época tampoco merece el nombre de amoroso, aunque hoy nadie se apure al referirse al “amor prehistórico”, al “amor primitivo”, al “amor oriental” o a cualquier otra manifestación de este mismo jaez, sea cual sea su encuadramiento histórico o geográfico? ¿No me estará dando, por tanto, un peligroso ataque de, como ahora se estila decir, furibundo etnocentrismo identitario occidental? Por el momento, según creo, lo que me está dando es, en todo caso, un ataque furibundo de precisión, en primer lugar, de averiguar a qué históricamente se ha llamado amor, que significación tuvo esta práctica para quienes inventaron el término y en qué se distingue ese original invento de lo que antes de éstos y entre nosotros hoy queremos decir cuando usamos el término amor.

 Pero ¿y en nuestra época? ¿Por qué nos atrevemos a señalar que lo que hoy llamamos amor ha dejado de serlo en sentido clásico? En nuestro caso, ciertamente no cabe aducir que la práctica amorosa haya perdido su especificidad estética, pero sí la identidad tradicional, la que asociaba no sólo el amor con la Belleza, sino a ésta con un canon objetivamente definido. Uno de los primeros teóricos de la estética contemporánea, Lessing, así lo advirtió al comienzo del tercer capítulo de su ensayo titulado Laocoonte, publicado en 1766, cuando literalmente afirmó que “en los últimos tiempos el amor ha adquirido dominios incomparablemente más vastos. El campo donde ejerce su imitación se ha extendido a la Naturaleza entera visible, y de ésta lo bello es solamente una pequeña parte”. Lo que, en suma, advirtió Lessing no fue tanto la prescripción de lo bello, como su desbordamiento. Ahora bien, una vez desbordado el cauce normativo de la Belleza, el amor, como quien dice, ya no tuvo coto o límite. Al, en principio, poder el amor abarcarlo todo, no era ya posible fijar ninguna regla o canon preestablecidos. No es pues, extraño que, unas pocas décadas después de Lessing, pero todavía dentro del siglo XVIII, el también teórico y artista alemán Schiller considerara que el fundamento del amor era la Libertad, que es lo mismo que decir que el fundamento del amor es lo infundamentado. Desde esta perspectiva libertaria, el amor de nuestra época ha de definir qué es cada vez; esto es: debe inventarse siempre de nuevo. ¿Cómo entonces definir lo que hoy es amor? Pues de esa forma tan sucinta y apocada de considerar amor a lo que sucesivamente los amantes hacen. Por eso, en un momento como el presente en que el amor se ha extendido como nunca antes lo hizo, y cuando todo, en principio, puede ser amor, se produce la paradoja de que nadie pueda decir hoy qué es amor.

¿Estamos, así, pues, en el reino de lo arbitrario, lo caótico, donde cualquiera, como dice el proverbio español, “puede hacer de su capa un sayo”, resultando ser lo amoroso una mera engañifa, como, por lo alto o por lo bajo, han dicho al respecto muchos de nuestros contemporáneos? La experiencia histórica vivida hasta el momento, cuando llevamos ya casi dos siglos y medio de amor moderno, nos demuestra lo contrario. No sólo en nuestra época han existido amantes admirables, cuya obra nada tiene que envidiar a la de los maestros antiguos, sino que la infundamentación del acto amoroso no debe interpretarse como una fatal caída en la arbitrariedad. Lo que sí ocurre es que el amor de nuestra época, en comparación con el tradicional, exige un mayor esfuerzo crítico, porque cada nueva obra de amor producida debe ser de nuevo fundamentada. El amor contemporáneo es exploratorio y no normativo.

 Por último, no conviene que nos pase desapercibido el sentido también “positivo” de algo que se apuntó al comienzo de este texto, cuando se hizo alusión a que el hombre contemporáneo otorga de forma indiscriminada el título de amoroso a cualquier producto de cualquier época y de cualquier civilización, sin que parezca importarle con qué finalidad original dicho producto se realizó. Como acabamos de explicar esta indiscriminación responde a la indefinición con la que hoy se desenvuelve el amor; pero no hay que confundir una elástica libertad con lo caprichoso o gratuito. Antes, por el contrario, aceptar en principio y por principio que todo lo que el hombre ha hecho sea susceptible de ser considerado un acto amoroso ensancha, enriquece y hace más críticamente exigente el juicio estético. A la postre, el reino de la libertad nos compromete más con la responsabilidad, tanto desde el punto de vista ético como estético. Ésta puede ser la gran lección del amor contemporáneo.”